SALTO CUÁNTICO: La Lucha por la Libertad y el Desafío de la Influencia Extremista en la Geopolítica
- 4 Vientos

- 30 jul
- 6 min de lectura
“Para luchar por la libertad no hacen falta odios; sin odio se abren los túneles, sin odio se ponen diques a los ríos, sin odio se hiere la tierra para sembrar el grano, sin odio pueden aniquilarse los despotismos, puede llegarse a la acción más violenta cuando sea necesaria para la emancipación humana.”
Praxedis Gilberto Guerrero.
Poeta, periodista y combatiente anarquista en la Revolución mexicana de 1920.
¿Estamos en peligro? ¿Siempre lo hemos estado? ¿Qué está sucediendo realmente? ¿Existe una posibilidad de ser invadidos? ¿Es un juego geopolítico para solamente intimidar? ¿Donald Trump está loco?
José Luis Treviño Flores* / Edición: 4 Vientos

Escucha el podcast con el resumen de la columna:
La única pregunta que puedo contestar con certeza es la última.
En columnas anteriores, mencioné un estudio de la University College London (UCL) publicado en 2011 por los investigadores Ryota Kanai y Geraint Rees. Es uno de los trabajos más citados sobre diferencias cerebrales asociadas con la orientación política.
El estudio en cuestión menciona:
“Las personas que se identificaban como más liberales tendían a tener un mayor volumen de materia gris en la corteza cingulada anterior, una región relacionada con la detección de conflictos, la flexibilidad cognitiva y el procesamiento de información nueva”.
Las personas que se identificaban como más conservadoras tendían a tener una amígdala derecha ligeramente más grande, una región implicada en el procesamiento de emociones y la evaluación de amenazas.
Leor Zmigrod, una neurocientífica de la Universidad de Cambridge, en un estudio más reciente (2024), dijo que su investigación se centra menos en "izquierda contra derecha" y más en la rigidez ideológica, mostrando que ciertos patrones cognitivos se asocian con la tendencia a adoptar creencias muy rígidas, independientemente de si son de extrema izquierda o extrema derecha.
Por su parte, el psicólogo social Jonathan Haidt, en su estudio “The Righteous Mind” (La mente de los justos), presentó así su tesis principal:
“Las personas no llegan a sus posiciones políticas principalmente mediante razonamiento lógico; primero reaccionan de forma intuitiva y emocional, y después construyen argumentos para justificarlas”.
También propone que “los liberales suelen fundamentar sus juicios morales principalmente en el cuidado y la justicia. Los conservadores, además de esos valores, suelen dar mayor peso a la lealtad al grupo, la autoridad y la santidad”.
Su modelo ha generado mucho debate y algunas críticas, pero sigue siendo una referencia importante.

En días del pasado reciente hice, de manera aleatoria, una serie de preguntas presenciales a 100 personas que conozco, o abordé en rumbos contrastantes y de diferentes estratos sociales de Ciudad Juárez, Chihuahua, incluidos centros comerciales y redes sociales, acerca de estas hipótesis científicas del conocimiento y la razón.
Claro que mi muestra es nada ante el metaanálisis de 232 muestras, con 575 mil 691 participantes, que sobre estos temas realizó la universidad londinense.
No obstante, pude comprobar que, efectivamente, las personas con cerebro o pensamientos conservadores tienden a enfadarse con enorme facilidad con preguntas directas en torno a posturas ideológicas diferentes a las suyas.
Una pregunta recurrente que hice fue: ¿Estás de acuerdo en que el gobierno de Claudia Sheinbaum, y por supuesto el de López Obrador, implementó programas sociales que beneficien a personas con menores oportunidades?
Independientemente de si tenían alguna necesidad o no, de inmediato contestaban que “es mejor enseñar a pescar y no dar el pescado”; que quienes reciben ayuda social pertenecen a un grupo de “mantenidos buenos para nada”; que el gobierno “es comunista”, que nos llevarían a “convertirnos en Cuba o Venezuela”.
Presionando con más preguntas para descartar desinformación, o demostrar que los moderados solo repiten lo que los medios sionistas replican sin parar, los verdaderos conservadores se molestaban al punto de agredir y/o amenazar, mientras que los desinformados solo trataban de defender su punto de vista sin mayores argumentos.
Por supuesto que las personas más liberales, con tranquilidad y sin enfadarse, decían que estaban de acuerdo. No obstante, con más preguntas en torno al gobierno actual y su política interna y exterior, mostraron desacuerdos con los temas del manejo del narcotráfico o de la inseguridad y que el gobierno podía hacer más.
Nunca agredieron o confrontaron, mientras que los más conservadores terminaban huyendo molestos, acusándome de “comunista”.
Quise dar esta introducción principalmente por los acontecimientos actuales que nos llevan al resurgimiento, con tintes más grotescos, de una ultraderecha global impulsada principalmente por el estado sionista de Israel.
Insisto, se trató de una incipiente y hasta ridícula muestra que practiqué a lo largo de un mes haciendo diversas caminatas, llamadas telefónicas y consultas en redes digitales, pero sus resultados coinciden bastante bien con el punto central de los estudios profesionales que consulté y aquí cito.

Basta observar al presidente de Argentina Javier Milei como un claro ejemplo de un conservador radical.
Con este sujeto no se puede dialogar ni establecer vínculo inteligente alguno. Cualquier entrevista o discurso evidencia una absoluta falta de empatía.
Él señala, ataca, amenaza. Igualito que Donald Trump, Benjamín Netanyahu, Marco Rubio, el secretario de guerra estadounidense Pete Hegseth, o el ministro de seguridad nacional de Israel Itamar Ben-Gvir, de ideología supremacista, sionista y antiárabe, características que también encontramos en todos los aquí mencionados, indistintamente racistas, clasistas y genocidas.
Comparemos, sin carga ideológica de por medio, solo por la simple y llana observación de los hechos, por su discurso y su postura personal ante conflictos o amenazas, a Lula Da Silva, presidente de Brasil; a Claudia Sheinbaum; al presidente de Rusia Vladimir Putin; al presidente de la República Popular China, Xi Jinping; al presidente del gobierno español Pedro Sánchez, y hasta al presidente iraní Masoud Pezeshkian.
Todos ellos, centrados en el discurso conciliador, buscan en todo momento el diálogo, la cooperación, el entendimiento.
Solo cuando se ven acorralados por una completa injusticia reaccionan. No violentamente, pero sí con determinación.
Claro que el nivel de acción amparada por pueblos altamente politizados y con un arsenal nuclear detrás de ellos y sus gobiernos, es muy distinto a una reacción firme, resguardada solo por un pueblo apenas politizado y sin armamento que lo respalde.
Vuelvo a las preguntas iniciales: ¿Estamos en peligro? ¿Siempre lo hemos estado? ¿Qué está sucediendo realmente? ¿Existe una posibilidad de ser invadidos? ¿Es un juego geopolítico para intimidar solamente?
Sí, estamos en peligro… y mucho si tomamos en consideración el resultado del estudio inicial que menciono en mi artículo.
Es de temer que los líderes de la ultraderecha que ostentan el poder en el llamado mundo occidental salgan del clóset como absolutos pedófilos, caníbales, genocidas asesinos en serie y absolutamente enloquecidos por el control global.
Aquellas ideas conspiranoicas de poderes ocultos acechando en las sombras, que secuestran niños para comérselos y que conspiran por la creación de un estado mundial controlado por los oligarcas sionistas más poderosos del planeta, resultaron ciertas en su totalidad.
Preocupa la reagrupación internacional de los grupos ultraderechistas que, en el pasado, llevaron a la destrucción y barbarie a la población mundial (Imágenes creadas con inteligencia artificial de FreeForAI).
Preocupa también que la gente común no solo tiene miedo. Piensa que es imposible parar esta locura genocida y muchos prefieren agazaparse y aceptar esa movilidad hacia la completa pérdida de humanidad.
Es alarmante observar a los 12 países latinoamericanos ganados por la derecha y ahora entregados al sionismo mediante presidentes ultraconservadores.
Y es más temible observar que la derecha mexicana adopta una postura igual o peor, buscando entregar el país a los mismos genocidas que ya mencionamos.
No se trata de si el partido MORENA es de pensamiento o no de izquierda, de si es medio neoliberal o medio conservador. No se trata de si la presidenta Claudia Sheinbaum emanó de ese partido... Se trata de absolutamente no permitir que la furia sionista genocida entre a nuestro país.
Ya suficiente tenemos con estar negociando tratados comerciales desiguales, estar fingiendo que la soberanía como tal existe, frenando lo más que se puede una intervención militar directa, estar luchando con imbéciles legisladores del PRIAN que piden a gritos una invasión, o soportar oligarcas misóginos y clasistas como Salinas Pliego o Claudio X González.
Se acercan las elecciones intermedias en nuestro país. No permitamos que la ultraderecha gane en las urnas.
De ganar la ultraderecha, aquellos que piensan que estamos mal solo cavilen un poco y observen al resto de Latinoamérica.
Aquellos que se saben progresistas, seres que no los domina la amígdala, no teman a las amenazas del falso fantasma comunista. Éste no existe, no hay tal. Los que sí existen son los caníbales pedófilos que aquí identificamos y pugnan por adueñarse aún más de nuestra golpeada y saqueada patria.
Correcto, no todo está bien, pero juntos podemos coadyuvar a que el proyecto soñado de transformación sea posible pese a MORENA, que es lo único que de momento tenemos.
Hagámoslo no por los actores que hoy tenemos al frente del gobierno.
Hagámoslo por nosotros, por nuestra permanencia en el mundo civilizado y por no convertirnos, de hecho, en esclavos del sionismo.
“Sin independencia moral e intelectual no hay ningún anclaje para la independencia nacional”.
David Ben-Gurion.
Uno de los fundadores del Estado israelí en mayo de 1948.
* José Luis Treviño Flores es profesor y activista social en Juárez, Chihuahua. Es subdirector de la Secretaría de Educación Pública.



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