top of page

Necesario radicalizar el análisis de la crisis medioambiental frente al capitalismo depredador

  • Foto del escritor: 4 Vientos
    4 Vientos
  • 18 mar
  • 8 Min. de lectura

Actualizado: 18 mar


¿Es justo “democratizar la culpa” de la debacle medioambiental a toda la especie humana sin considerar que no todos somos igualmente responsables de ello ni todos nos favorecemos igual de los beneficios de la economía?

 

Alfredo García Galindo* / Edición: 4 Vientos

 

 

"El colapso del capitalismo hoy es –y al mismo tiempo no es– la vieja historia de la crisis y el fin del capitalismo. El capital internaliza progresivamente los costos del cambio climático, la pérdida masiva de biodiversidad, el envenenamiento, las epidemias y muchos otros daños biofísicos, mientras que nuevos movimientos cobran impulso. Desafían no sólo la distribución desigual del capitalismo, sino que también pagan la 'deuda ecológica' y la forma misma en que pensamos sobre lo que se está distribuyendo: Jason W. Moore, historiador, geógrafo y profesor de sociología estadounidense (Imagen: Justin Watson)
"El colapso del capitalismo hoy es –y al mismo tiempo no es– la vieja historia de la crisis y el fin del capitalismo. El capital internaliza progresivamente los costos del cambio climático, la pérdida masiva de biodiversidad, el envenenamiento, las epidemias y muchos otros daños biofísicos, mientras que nuevos movimientos cobran impulso. Desafían no sólo la distribución desigual del capitalismo, sino que también pagan la 'deuda ecológica' y la forma misma en que pensamos sobre lo que se está distribuyendo: Jason W. Moore, historiador, geógrafo y profesor de sociología estadounidense (Imagen: Justin Watson)
 

¿No es precisamente esa crisis planetaria la mejor prueba de la perfidia de un sistema que lleva hasta una irracionalidad extrema la explotación de la naturaleza?


De frente a esas preguntas, la gravedad de la emergencia medioambiental hace urgente que nos preguntemos si es suficientemente explicativo decir que estamos en el Antropoceno, es decir, en esa edad geológica en que la debacle se explica por el papel del ser humano en la debacle en curso.


Para recordar el concepto, diremos que desde hace algunos lustros muchos estudiosos, académicos y no pocas personas dedicadas a otras preocupaciones y labores, hablan del Antropoceno como una era planetaria en la cual el Ser Humano se ha convertido en un agente geológico.


El vocablo sostiene la idea de que, por primera vez en la historia, nuestro género está provocando alteraciones sensibles del entorno natural a nivel planetario, como dan cuenta el calentamiento global, la deforestación, la desertificación de millones de hectáreas en todo el mundo y la ya documentada desaparición de cientos de especies de flora y fauna.


Como sugerimos al principio, entre las polémicas desatadas con el Antropoceno se encuentra la de dilucidar en quién recae la “responsabilidad” de esta debacle; con ello sale a relucir a menudo esa explicación mentada por ejecutivos de alto nivel, diversos gobiernos y no pocas personas de buena conciencia:



“Es que somos demasiados”; “las tasas de natalidad de los países pobres son preocupantes”; “somos una especie esencialmente depredadora”.


En otras palabras, hacen acto de presencia las falacias de pista falsa que sirven muy bien para disimular el hecho de que, en realidad, son las naciones más desarrolladas y un puñado de grandes corporaciones las que provocan la mayor parte del daño pues tan solo 20 empresas son responsables de un 40% de las emisiones de dióxido de carbono.


En efecto, hay que decir que estas grandes empresas son corporaciones petroleras, del gas, carbón y cemento, y si bien son de propiedad estatal en su mayoría, su producción se dedica a movilizar la maquinaria del mercado global de mercancías para beneficio principalmente de las poblaciones de las naciones desarrolladas y de las de estratos medios y altos de grandes ciudades en muchos países.


 

“El Capitaloceno es también un Necroceno; es decir, la acumulación de capital es la acumulación de una extinción potencial, un potencial que se ha vuelto cada vez más activo en las últimas décadas": Justin McBrien, investigador y profesor en el Departamento de Historia de la Universidad James Madison (Imagen: gambina.com)
“El Capitaloceno es también un Necroceno; es decir, la acumulación de capital es la acumulación de una extinción potencial, un potencial que se ha vuelto cada vez más activo en las últimas décadas": Justin McBrien, investigador y profesor en el Departamento de Historia de la Universidad James Madison (Imagen: gambina.com)
 

Estas concentraciones urbanas impactan al medioambiente con las consecuencias negativas de su consumo, de tal modo que sólo el 10% de la población mundial produce el 50% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero (GEIs).


Podemos decir que particularidades como estas son la que permiten identificar ciertas ambigüedades que acompañan al concepto Antropoceno, pues su semántica hace referencia al Ser Humano como género y en forma abstracta.


Para decirlo de otro modo, sería incuestionable su sentido explicativo si todos los seres humanos estuviéramos afectando en forma equivalente al medioambiente, pero queda claro que ninguna persona del 44% de la población mundial que vive con menos de 6.85 dólares al día (según el Banco Mundial) se acerca, aunque sea de lejos, a lo que un estadounidense promedio consume ni a lo que produce en desechos, GEIs y otros contaminantes.


Bajo esos principios, quizás se vuelva más elocuente el concepto Capitaloceno, planteado por Jason W. Moore.


Este historiadorgeógrafo y profesor de sociología estadounidense indica que la razón del desequilibrio del ecosistema planetario se debe a que una muy pequeña parte de la humanidad coacciona por la vía del trabajo forzado al resto de la población y controla las riquezas planetarias para lograr los objetivos de la acumulación y del beneficio económico, siendo además esos pocos quienes determinan tanto la dirección del sistema económico global como las fuentes de energía que se habrán de utilizar para dicho objetivo.


Es decir, el concepto Capitaloceno se define por la referencia etimológica a un modo de producción basado en un moderno sometimiento económico, aspecto que el Antropoceno no refiere por sí mismo como vocablo.


El Capitaloceno apunta, como característica del mundo contemporáneo, a una debacle medioambiental nunca antes vista, propia de una era en la que el agente geológico no es “el hombre” en abstracto como sugiere el Antropoceno, sino un modo de producción concreto debido a su lógica inherentemente expansiva y depredadora.


El Capitaloceno posibilita una interpretación de orden sistémico porque expresa que la ambición de una élite que victimiza al resto de los seres humanos no es sólo un rasgo cuestionable en sentido ético, sino también es la encarnación de una serie de relaciones sociales y hasta de una cosmovisión que corresponde con la forma de estar en el mundo que el sistema capitalista ha determinado como base de reproducción material de las colectividades humanas.


 

Para el capitalismo, la Naturaleza es "barata" en dos sentidos: por un lado, fija el precio de los elementos de la Naturaleza, dándoles un valor "barato"; por otro lado, abarata, degrada o inferioriza a la Naturaleza en un sentido ético-político, para hacerla barata en términos de precio (Imagen: Unsplash).
Para el capitalismo, la Naturaleza es "barata" en dos sentidos: por un lado, fija el precio de los elementos de la Naturaleza, dándoles un valor "barato"; por otro lado, abarata, degrada o inferioriza a la Naturaleza en un sentido ético-político, para hacerla barata en términos de precio (Imagen: Unsplash).
 

En ese sentido, puede comprenderse que el capitalismo es más que un modo de producción; es también una concepción de la vida y hasta una especie de religión secular que predica el credo de que el progreso humano se expresa en la expansión material a ultranza y a los actos de mercado, por lo que entonces son costos asumibles la explotación de los “recursos naturales”, la precariedad laboral, la fetichización de la tecnología, el sacrificio de muchas comunidades en pro de la industria y, desde luego, la degradación medioambiental.


Se vuelve así más clara la pertinencia de que al hablar de la crisis medioambiental evitemos concentrar nuestra atención sólo en la responsabilidad de las grandes corporaciones y en el consumo de los habitantes privilegiados.


Es ineludible dar el siguiente paso que consiste en tener plena conciencia de que se trata de un problema de orden sistémico protagonizado por el capitalismo como agente geológico; es decir, que hablamos de un sistema económico global cuya condición inmanente es el de la necesidad de una expansión perpetua, siendo el ámbito de lo medioambiental uno de los escenarios en los que se despliega con toda contundencia esa esencial conflictividad.


Hablar del Capitaloceno, en efecto, es reiterar que las grandes trasnacionales y las industrias más lesivas del ecosistema global no son una anomalía del sistema, sino el símbolo y la consecuencia de la evolución del capitalismo desde el siglo XIX.


Expresan a su vez la histórica permisividad de los estados nacionales como garantes de esa misma expansión, tal como denunciaba Karl Marx al definir al Estado como un sistema de aparatos que sirven a los intereses de las clases dominantes.


Desde luego, mal haríamos en claudicar de la denuncia de esas mismas firmas, pero sí debemos percibir la posibilidad de que, al centrarnos solo en ellas, terminemos por concluir que la crisis medioambiental global se va a resolver si estas compañías se convierten de pronto en ejemplos de una meritoria responsabilidad social corporativa.


Decimos esto último porque se trataría de un optimismo injustificado dada la ontología incremental del capitalismo: sean grandes oligopolios, o bien, empresas que conduzcan al sistema cumpliendo con un sentido muy leal de la competencia.


 

No hay duda de que el capitalismo impone un patrón implacable de violencia sobre la naturaleza, incluidos los seres humanos. Pero el capitalismo funciona porque la violencia es parte de un repertorio más amplio de estrategias que "ponen a la naturaleza a trabajar" (Imagen: Pinterest).
No hay duda de que el capitalismo impone un patrón implacable de violencia sobre la naturaleza, incluidos los seres humanos. Pero el capitalismo funciona porque la violencia es parte de un repertorio más amplio de estrategias que "ponen a la naturaleza a trabajar" (Imagen: Pinterest).
 

La lógica del capitalismo es siempre crecer y eso lleva el correlato de un impacto medioambiental inevitable, sea muy profundo como el que hoy atestiguamos, o uno que resulte de un “capitalismo consciente”, el cual, por muy eficiente, solidario y reflexivo que llegara a ser, siempre implicará un efecto progresivo de agotamiento material, aun si fuera mínimo y a largo plazo, por la simple aritmética de unos recursos planetarios que son finitos.


En otras palabras, si el paradigma dominante es que la evolución de las sociedades se traduce en más producción y más consumo, la conclusión lógica es que siempre habrá externalidades negativas correspondientes con ese crecimiento, de tal manera que aun en el mejor de los escenarios, la exigencia de más energía, de más materias primas y de más insumos --incluso sólo para mantener sin cambios el nivel de consumo actual--, vuelve imposible revertir la degradación derivada del deterioro ambiental.


Para encuadrar el tipo de contradicciones que se mantendrían, podemos considerar una hipotética e ideal conversión de todas las fuentes de energías fósiles en renovables; pues aun así seguiría en pie la sobreexplotación de riquezas materiales para proveer lo que hoy se consume a nivel global, pues una cosa es que con esas energías limpias ya no se produjeran GEIs y otra que las mercancías sigan demandando materias primas e insumos para ser fabricadas, como también lo exigirían las propias tecnologías renovables en su manufactura.


Decimos esto para reiterar el conflicto que el Capitaloceno hace evidente: el problema es toda una concepción de la vida; un modelo civilizatorio basado en un modo de producción que fomenta un discurso legitimador con el que su naturaleza crítica es desdibujada por distintas vías.


Eso incluye la de –como dijimos arriba—“democratizar la culpa” de la catástrofe ecológica para que los responsables sean por igual no sólo las grandes corporaciones y los compradores compulsivos, sino también las personas que salen a diario a luchar por su supervivencia en contextos caracterizados por el hambre, la precariedad laboral, la austeridad forzada y la violencia.


Hablar del Capitaloceno implica, en cambio, la exigencia de una necesaria politización crítica del discurso ambientalista que supere la pauta de un activismo que sólo busca cambiar a una élite capitalista perversa, por otra amable y solidaria, (por mucho que fuera preferible eso a no hacer nada).


A esta politización necesaria la podríamos también llamar “radicalización”, en el sentido de que el énfasis de su discurso se profundiza para situar la atención en la maquinaria que funciona bajo la superficie, la cual a menudo es desestimada, ya no digamos por corporaciones y gobiernos, sino también por buena parte de la academia, de las instancias plurinacionales y hasta de los activistas, los cuales deberían ser los primeros en no enfocarse sólo en las manifestaciones que conforman la punta del iceberg.


 

El capitalismo está impulsando a los seres vivos del planeta hacia la extinción en un sentido de ecología mundial. La extinción es más que un proceso biológico sufrido por otras especies. Significa también la "extinción de culturas y lenguas", el genocidio y el espectro de los cambios biosféricos entendidos como antropogénicos (Imagen: Etsy).
El capitalismo está impulsando a los seres vivos del planeta hacia la extinción en un sentido de ecología mundial. La extinción es más que un proceso biológico sufrido por otras especies. Significa también la "extinción de culturas y lenguas", el genocidio y el espectro de los cambios biosféricos entendidos como antropogénicos (Imagen: Etsy).
 

Incluso podemos proponer otro concepto si el de Capitaloceno no nos satisface; lo importante es no disimular el carácter sistémico del trance medioambiental como en buena medida ha ocurrido con el uso del concepto Antropoceno, el cual pareciera ser solo un vocablo descriptivo y neutral de la situación que refiere.


O bien, podemos usar este último término teniendo siempre clara la nota al pie de que el escenario contextual es una crisis sistémica que de ninguna manera debe ser explicada simplemente como consecuencia de la intemporal “ambición” del Ser Humano.


En efecto, si no recurrimos a una mirada sistémica y radical en este debate, seremos incapaces de reconocer al capitalismo como una construcción histórica y, en cambio, consideraremos que las relaciones sociales y contradicciones que le corresponden son la única realidad posible para los seres humanos.


Eso implica el riesgo de que se termine por convertir en cosa de “sentido común”, la idea de que la devastación del planeta es algo inevitable por estar inscrita en nuestra naturaleza.



 


* Alfredo García Galindo es docente-investigador y autor de diversas publicaciones académicas y de divulgación. Ha impartido conversatorios, ponencias y conferencias, enfocándose en temas de género, filosofía de la tecnología, sostenibilidad, comunicación y análisis crítico de la modernidad y del capitalismo, a través de una perspectiva transversal entre la filosofía, la economía, la historia y la sociología.

Comments


bottom of page