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DESDE LA IZQUIERDA: La iglesia mexicana sigue poniéndose fuera de la ley

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    4 Vientos
  • hace 1 día
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Recuerdo haber escrito algo sobre lo que para mí significó el conservadurismo clerical.

 

Jesús Sosa Castro* / Edición: 4 Vientos


 

Los políticos conservadores y su aliada, la iglesia católica, aún se niegan a respetar en México el legado del laicismo reformista para el pueblo (Imagen:  es.slideshare.net).
Los políticos conservadores y su aliada, la iglesia católica, aún se niegan a respetar en México el legado del laicismo reformista para el pueblo (Imagen: es.slideshare.net).
 

Mi formación en la escuela rural vivió el desencuentro entre las proclamas cristeras de “Viva Cristo Rey” y la lucha a favor de la educación socialista que impulsaba el general Lázaro Cárdenas del Río.


Vuelvo a esa época para describir algo de lo que pasaba en los pueblos de la mixteca poblana, una región cristera donde yo nací.


Y es que, a 88 años de distancia, sectores ultramundanos del clero poblano y del país, siguen violando la Constitución, la cual prohíbe que las iglesias hagan política y culto público fuera de los templos.


Los resabios de la segunda etapa de la guerra cristera, ocurrida entre 1932 y 1938, la viví en carne propia a pesar de mi niñez.


Como es sabido, este conflicto fue una confrontación militar entre el gobierno y un sector conservador de la iglesia católica que se resistía a la aplicación de la llamada Ley Calles. Se inició, en su primera etapa, la más dura y popular, en 1926 y duró hasta 1929.


Las razones que la justificaban eran la crítica a la Constitución mexicana de 1917, en la cual se negaba la personalidad jurídica de las iglesias y proponía limitar y controlar el culto católico en la nación.


El conflicto entre la iglesia y el gobierno no acabó en 1938; siguieron sus consecuencias varios años después.


Todo estaba decidido para que esta política mediatizadora y rapaz se le impusiera a nuestra sociedad en lo económico y en lo político.


 


Cristeros en 1930 (Imagen: Archivo Casasola).
Cristeros en 1930 (Imagen: Archivo Casasola).
 

La muerte de poco más de 250 mil personas durante la guerra cristera se vio como si no tuviera mayor significación. Pero hoy, a muchos años de distancia, siguen las iglesias metiendo las narices en lo que son los avances sociales y políticos que estamos viviendo en el país.


En los ejercicios “espirituales” de estos tiempos, los “curitas” están llamando a sus feligreses a que el 1 de junio, elección de la mitad del poder judicial, voten por los candidatos derechosos que ellos están promoviendo.


Paralelamente, dan la instrucción de NO VOTAR por los que no son corruptos y representan al pueblo; éstos, dicen, están “fuera de la mano de Dios”.


La Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (FEPADE), afirma que hay conductas que parecen inocentes cuando están encaminadas a condicionar o a inducir los votos por encima de la ley.


Pero el artículo 130 de la Constitución establece claramente que los ministros no podrán asociarse con fines políticos ni realizar proselitismo a favor o en contra de candidato, partido o asociación alguna. Hacer otra cosa es estar fuera de la ley.


Hoy lo hacen en el momento en el que la derecha oscurantista y clerical está en franca connivencia con los partidos de oposición desde donde intentan descarrilar un proyecto político que en su mayoría apoya el pueblo de México.


Quienes como yo vivimos la etapa terminal de aquella guerra cristera, no quisiéramos que, a estas alturas de la vida y de la historia, la iglesia conservadora, la derecha partidista y las élites empresariales parieran otro cristero como Olegario Cortés que, en mi tierra, hizo de su fanatismo un huracán que destruyó todo lo que encontraba a su paso.


¡Hoy, otra vez, la iglesia los hace y ellos se juntan!



 

* Jesús Sosa Castro es activista social en la Ciudad de México. Articulista y colaborador en diversos medios de comunicación impresos y digitales. Fue miembro del Partido Comunista Mexicano y de todas las organizaciones político-electorales que de él se desprendieron.

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