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Zdzisław Beksinki, el surrealista polaco que nos legó sus pesadillas en atmósferas delirantes y opresivas

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    4 Vientos
  • 25 abr
  • 4 Min. de lectura

Terrorífica, grotesca, perturbadora… son muchos de los adjetivos empleados a la hora de hablar de la obra de Zdzisław Beksiński, obra que podemos englobar dentro del llamado realismo fantástico, aunque él mismo ha definido su pintura como gótica o barroca, mientras otros expertos la han clasificado como surrealismo gótico.


Alba Navarrete* / La Cámara del Arte / Edición: 4 Vientos





Las obras de Beksiński son un verdadero festín para los amantes del surrealismo y la pintura metafísica. Sus lienzos están llenos de paisajes y elementos oníricos, siempre envueltos en un halo de misterio y oscuridad, como si hubieran sido arrancados de una pesadilla vívida.


Ya sea por el enigmático imaginario que despliega en sus pinturas o por la ausencia de títulos en cada una de ellas, la mejor manera de adentrarse en la mente de Beksiński es explorar su universo completo, conocer al artista en su esencia y seguir su trayectoria, que fue tristemente interrumpida por un desenlace trágico.


Beksiński nació en 1929 en Sanok, Polonia. Estudió arquitectura y trabajó en la construcción, pero fue en los años 60 cuando su pasión por el arte comenzó a florecer.


Durante esta etapa inicial, se centró en la fotografía, anticipando el tenebrismo que más tarde caracterizaría sus pinturas, con retratos sin rostro, caras deformadas o vendadas, y paisajes y objetos con texturas marcadas; también exploró la escultura.


Comenzó a pintar de manera autodidacta, y tras una primera exposición en 1964 donde vendió todas sus obras, decidió que la pintura sería su principal medio de expresión.


Él mismo fabricaba sus soportes y prefería el óleo, aunque también experimentó con acrílicos.


Sus primeras pinturas se acercaban al arte abstracto, pero fue en los años 60 cuando comenzó a incluir reminiscencias del surrealismo francés.


En los años 70, Beksiński se consolidó como un líder del arte contemporáneo polaco, inaugurando su etapa más conocida y prolífica, dentro de ese realismo fantástico que llenó de fuerza y personalidad.


Sus obras presentan imágenes hipnóticas y aterradoras, con temas casi incomprensibles, pero siempre con la muerte y la catástrofe como telón de fondo aparente.


Logró crear un universo de pesadilla, fusionando lo onírico, lo surrealista y lo fantástico, en un ambiente que nos transporta a un futuro post-apocalíptico extraño, con atmósferas delirantes y opresivas, pero tratadas con un realismo detallado y perfeccionista.





Su imaginario está lleno de figuras torsionadas y deformadas, escenas detalladas que parecen hablar de la muerte, paisajes y desiertos sobrenaturales y misteriosos, edificios fosilizados o seres imaginarios salidos de las peores pesadillas.


Solía combinar colores vívidos con gamas suaves y tenues, creando contrastes potentes pero armoniosos.


Siempre evitó hablar sobre el contenido de sus cuadros y se molestaba con quienes intentaban descifrarlos o darles significado.


El propio pintor afirmaba que el significado de muchas de sus obras era indescifrable incluso para él, y no tenía interés en buscarlo. Fiel a esta idea, nunca tituló ninguna de sus pinturas, envolviéndolas aún más en misterio.


Sin embargo, no dudó en afirmar que algunas de sus obras encierran temas alegres y optimistas, incluso divertidos, algo que difícilmente se podría imaginar al contemplarlas.


Un episodio en 1977 sugiere que Beksiński sabía más sobre su contenido de lo que admitía: quemó gran parte de su trabajo en el patio trasero de su casa, eliminando toda la documentación correspondiente; justificó que incluían temas demasiado personales para ser vistas en público.


A pesar del tono sombrío de su arte, quienes lo conocieron lo describieron como un hombre excepcionalmente agradable, incluso tímido, aunque amaba la conversación y tenía un gran sentido del humor.


Rehuía de los eventos, incluso de las aperturas de sus propias exposiciones, y admitía no estar influenciado por el trabajo de otros artistas, ya que paradójicamente nunca visitaba museos o exhibiciones.


Es difícil encontrar referencias externas en sus fantásticas pinturas. Quizás se puedan ver ciertas similitudes con Ernst Fuchs, pintor de realismo fantástico vienés, o con las quimeras de su contemporáneo H.R. Giger.


Al hablar de sus fuentes de inspiración, Beksiński decía literalmente: “deseo pintar como si estuviese fotografiando los sueños”, acercándose a la consigna surrealista de pintar aquello que vive en nuestro subconsciente, en la imaginación.


Además, siempre encontró inspiración en la música; de hecho, trabajaba al son de música clásica, ya que afirmaba ser incapaz de concentrarse en absoluto silencio.



La década de 1980 fue una época de gran expansión para Beksiński: sus obras alcanzaron la fama en los círculos artísticos de Francia, ganando popularidad en Europa, Estados Unidos y Japón.


En estos años, se dedicó a crear imágenes que emulaban pictóricamente la escultura, usando una paleta de colores limitada y jugando con la textura y las luces y sombras; también en este periodo realizó una serie de características cruces.


En 1990 descubrió la edición digital, experimentando con el ordenador en sus últimos trabajos.


Fue a partir del último tercio de los años noventa cuando la tragedia truncó la trayectoria del artista. Su esposa, Zofia, murió en 1998, y solo un año después, su único hijo se suicidó tras una fuerte depresión; él mismo descubrió el cuerpo.


A pesar de nunca aceptar la muerte de su hijo, estos eventos no detuvieron su actividad: continuó produciendo obras, aunque de forma más esporádica, manteniendo su toque único, pero jugando con tonalidades más claras y motivos menos intrincados, cargadas de cierta melancolía.


Pocos años después, ocurrió el fatal desenlace. El 21 de febrero de 2005, Beksiński fue hallado muerto en su apartamento de Varsovia: le habían asestado 17 puñaladas.


El asesino confeso, hijo del conserje del edificio, afirmó que fue porque el artista se negó a prestarle dinero.


Así fue el triste desenlace de un pintor que parecía empeñado en mostrar el lado más oscuro de la mente humana; una oscuridad que, como una broma macabra o una especie de premonición, terminó inundando su vida.


El polaco había afirmado temer más el hecho de morir que la muerte en sí misma; no temía al vacío, temía al sufrimiento, y por desgracia, sus peores miedos se hicieron realidad.


Nos dejó un inmenso legado con un estilo surrealista único e inconfundible, donde plasmó su peculiar visión del mundo y de su maravilloso subconsciente:


"Surco mi propio mundo. Un autorretrato espiritual capaz de acarrear pesadillas en los demás".


Original del texto:




* Alba Navarrete es redactora y autora en el portal lacamaradelarte.com

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